Siempre he sido de muchas ideas, estar haciendo cosas diferentes, pero hay veces que me ilusiono tanto con un proyecto que al final de tanto esfuerzo no da resultados.
Nadando en un mar de obstáculos me da un calambre que me quiere ahogar, lucho por continuar, por flotar esperando se pase, pero llega la desesperación y me comienzo a hundir más.
Y sigo, sigo intentando porque creo que si me esfuerzo eventualmente dará sus frutos. Trato de luchar con el que cada error es un aprendizaje para superar el fracaso. Nada funciona.
Y ya escuché cada sermón de lo que debería hacer para continuar. Solo queda respirar, descansar, sanar y continuar. Pero qué pasa si luego de descansar se me hace tan difícil levantarme para continuar?
Trato de recordar esos primeros instantes en que soñaba e imaginaba lograrlo, la ilusión de iniciar cosas nuevas, el cómo lo sentía en mis manos y ahora se me escapan como viento, es tan difícil que se vuelan de mis anhelos.
Cómo recuperar ese anhelo destruido por los fracasos?
Trato de recordar las pocas veces que me han salido las cosas, la sensación de satisfacción al terminar cada proyecto, aunque no haya dado los resultados esperados se sentía alcanzar la cima y justo quedarse sin agua, pero llegaba. Agotada, pero llegaba. Destruida, pero llegaba. Aunque no me quedara nada.
De verdad vale la pena esforzarme tanto por terminar?
Qué difícil es decidir si terminar de retomarlo hasta finalizarlo o terminar de acabarlo por completo. Hay veces que aunque la ilusión al comenzar sea tan grande, hay que soltarla y darle un final como una obra gris que estuvo mal construida y cuesta derrumbarla, pero cuesta mucho más terminar destrozada.
Cuando comencé a realizar viajes cortos para escribir las cartas viajeras por el mundo, comencé a darme cuenta: no era que me llamara mucho la atención visitar todos esos lugares. Era más por las historias de las personas con las que hablaba aunque no hablara mucho, eran más esos sentimientos que me evocaba estar en ese lugar con esas personas, y aunque algunas veces no hablé con nadie, yo misma me sentía que viajar era más que visitar, era la yo ahí en ese lugar, en ese momento, observando, escuchando, reflexionando, con todos los sentidos, dejando volar mi imaginación. Para sentir que era un viaje especial no necesitaba ir a la Luna, solo observar la cotidianidad. No hay mejor viaje, no hay mejores historias, que la cotidianidad de los lugares que visitamos.
Escribí las cartas, veintidós cartas, de distintos municipios, entregué unas quinientas, solo he publicado en redes las dos primeras, unas me gustaron, otras no, otras las quiero reescribir, por ahora están en el baúl del tesoro… Publicar en las redes sociales era muy estresante, por eso prefiero entregarlas en físico, ahora lo hago para tratar de darme a conocer así el algoritmo no me muestre a casi nadie, y este formato de cartas cortito me ha gustado, sin tanto complicarme como lo hice en las otras cartas.
A veces uno se aferra a seguir el camino de otro, porque hace algo que nos gusta, nos gusta en ese momento, y termina siendo algo que no es para nosotros, creo eso fue lo que me pasó. Me siento más tranquila solo escribiendo estas cartas, con mis pensamientos y poesía viajando desde la cotidianidad.
A veces solo hay que cambiar el rumbo de los sueños, extrañaba dejar cartas en buzones y por supuesto que quiero seguir siendo la escritora de cartas.
☀ Selene de la Noche ☾ ❤

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